Noemi Larred

La ruina no sobreviene como un accidente a un monumento ayer intacto. Al comienzo, hay la ruina», afirma Derrida en Mémoires d’aveugle. Podríamos sustituir el término ruina por el de huella, ceniza o resto –en su pensamiento, no hay palabras-clave sino que unos términos remiten constantemente a otros–, y la frase seguiría diciendo lo mismo, a saber, que la ruina, lo mismo que cualquier otro tipo de resto, no es el producto de una degradación sobrevenida a una totalidad originaria y anteriormente plena sino que marca ya,

de entrada, un suplemento (en el sentido «indecidible»que Derrida concede a este término) o, si se prefiere, marca la repetición, la iterabilidad de un origen que se repite «sin renacimiento y sin destino», un origen, pues, ya desde siempre y para siempre dividido, desdoblado, impuro, contaminado, un no-origen, en definitiva, que tacha, que borra el nombre mismo de origen, de ese origen único, simple e impoluto al que nos tiene acostumbrados nuestra tradición occidental.