El hotel que me habita

 

El hotel que me habita, Instalación.

Sala de Arte Joven de la Comunidad de Madrid, 2010

 

 

¿Por qué miramos hacia arriba? ¿Por qué contemplamos montañas, rascacielos, catedrales? Porque nos asombran. Nos asombran y nos turban al mismo tiempo. El primer tratado sobre la categoría estética de lo sublime data del siglo I, siendo considerado el autor del manuscrito el filósofo griego Longinos. Pero cuando verdaderamente lo sublime se convierte en zeitgeist, es en el siglo XVIII durante el Romanticismo, gracias a obras como la Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo sublime y de lo bello, del irlandés Edmund Burke, que retoman la investigación acerca de esta categoría. Para Burke, igual que para Longinos, lo sublime parte del amor por lo inconmensurable. Supone una parálisis, un vértigo hacia la comprensión de la desproporción entre los tremendos poderes telúricos del universo y la frágil y marginal presencia de lo humano en un mundo no antropocéntrico. ¿Y cuándo despierta este sentimiento? Burke habla de Stonehenge como uno de los ejemplos cuya contemplación suscita este arrebato: su origen es inexplicable, inconcebible.

 

Pero no solo lo inexplicable es origen de este frenesí estético; también lo son lo infinito, lo incontrolable, lo magnífico (entendido como grandioso), lo inimaginable. Así la contemplación de montañas, precipicios, océanos, catedrales o viejos templos romanos nos transportan a lo sublime: esa mirada hacia el horizonte, o hacia arriba (pero siempre al infinito), es la mensajera de este terrorífico placer. De esta manera no es solo lo natural, incontrolable y ajeno a toda medida humana, lo que suscita este temor; es también lo grandioso, (aunque haya salido de las manos del hombre): los grabados de Giovanni Battista Piranesi (1720-1778) son un claro ejemplo de cómo productos salidos de las manos del hombre pueden llegar a suscitar lo sublime, si se les da la distancia contemplativa adecuada: los edificios de Piranesi están hechos a la medida del hombre, sí, pero pasados por el filtro de un tiempo y/o espacio gloriosos: templos de la Antigua Roma, edificios mitológicos imaginados o su serie de Carceri d'invenzione (1745-1760), en los que transformando elementos existentes (las ruinas romanas) conseguía crear desmesurados calabozos dominados por enormes y oscuros pasadizos, empinadas escaleras a increíbles alturas y extrañas galerías que no conducían a ninguna parte. El tamiz de un tiempo pretérito y glorioso (Roma), el exotismo de un lugar lejano (Babilonia) o la creación de ilusiones (mediante la yuxtaposición de elementos reales) son los recursos utilizados por Piranesi para sublimar lo representado, convirtiendo el objeto de la representación en ruina y vehículo de lo sublime.

 

Por supuesto, tiene que existir una característica fundamental para que un resto (hablemos arquitectónicamente) adquiera la categoría de ruina: no solo es su decadencia, sino principalmente su desuso, el cual viene dado por lo obsoleto del objeto o construcción en sí. La ruina es, de esta manera, depositaria de la memoria: un resto-rastro. Cada piedra, cada grano de la misma, respira lo que fue, brisa que percibimos de una manera ilusoria, imaginando cómo los pintores de los cuadros invisibles de Filóstrato habían sido en su época de esplendor. Intentamos leer en los restos como un libro en un idioma extraño. La fantasmagoría de la Historia (y de las historias) quedan emparedadas en las rocas, en las paredes: contemplamos e imaginamos vivencias, personas. Éste es el punto de partida de la instalación El hotel que me habita.

 

La historia comenzó en un hotel abandonado en Benicàssim. Habitaciones, baños, la piscina estancada, la recepción, los pasillos; todo quedó documentado fotográficamente. La instalación muestra una reconstrucción de ese hotel abandonado, de esa ruina casi a la manera de Piranesi: el espacio expositivo dividid0 en estancias, que reconstruyen unas posibles habitaciones de hotel y los baños de las mismas. Los muebles utilizados en la creación de estas estancias fueron trasladados desde el hotel. Como bien dijeron Diderot y D'Alambert en esa primera Enciclopedia, "las ruinas son bellas para pintar", y estas ruinas, traídas de ese lugar específico, han sido efectivamente pintadas de blanco. Como un lienzo a estrenar, como un libro aún sin escribir o, más bien, como un libro borrado para escribir de nuevo su historia: un nuevo comienzo para quizás una historia similar. O quizás no haga falta escribir nada en esos muebles, doblemente fantasmas, blancos, arrancados de su historia, mensajeros del lugar al que un día pertenecieron, ya que la instalación presenta la misma historia que evoca: son las fotos del lugar, de esa ruina, las que se proyectan sobre los muebles de este nuevo hotel (creando, como en Carceri d'Invenzione de Piranesi, nuevas realidades mediante la unión de elementos ya existentes), cuyos efluvios siguen flotando en el ambiente cuando paseamos de habitación en habitación e imaginamos las historias del hotel, nuestras historias de hotel. La vida y sus habitantes, presas de esos objetos como en la obra House (1993) de Rachel Whiteread, no son más que cosificaciones de la ausencia; y como en los cuadros de David Hockney, esas piscinas deshabitadas en las que queda la huella de lo humano, en la instalación se siente igualmente esa presencia desaparecida o que, en último caso, personificamos nosotros, nuevos fantasmas de viejos lugares. ¿Consideramos entonces el hotel una ruina? Por supuesto. ¿Cómo llegamos de la ruina de Piranesi (templo romano, catedral) a un hotel? Simplemente, y como no podía ser de otra manera, a través del tiempo. Las ruinas romanas dejaron de ser utilizadas mucho tiempo atrás convirtiéndose, como veíamos anteriormente, en monumentos, espectáculos de sí mismos y del espíritu de su tiempo (zeitgeist). El paulatino laicismo de la sociedad Europea Occidental llevó a las catedrales a recorrer el mismo camino: hoy hay pocos templos, todos paradas obligatorias en las rutas turísticas. La apertura de España al exterior gracias al turismo en los años 60 es una realidad de nuevo obsoleta, carente de utilidad en nuestro nuevo contexto, de la que podríamos erigir al hotel como símbolo y signo. ¿Y cuáles serán nuestras ruinas en un futuro próximo? La crisis de la fabricación en masa, signo de la sociedad postindustrial en la que nos encontramos sumergidos, nos lo pone claro: la industria, nueva catedral del siglo XXII. ¿por qué no podemos dejar de contemplar esas imágenes, proyectadas sobre las cortinas del baño, sobre las mesillas, las maletas, los armarios? Porque desbordan los límites de nuestra propia experiencia y nos ayudan a vivir más de una vida. ¿Por qué el hombre siempre mirará hacia arriba? Porque la ruina es el tiempo futuro de cualquier civilización. Porque somos seres finitos. Y porque nunca seremos ruina.