Casetas de playa

 

 

 

El voyeurismo reclama casi siempre que entre el ojo y aquello que le seduce se interponga algo, generalmente translucido, como un velo o una celosía, algo que actúe a modo de barrera entre el ojo y el objeto de su deseo: mirillas que se colocaban estratégicamente en las paredes de los prostíbulos, cámaras ocultas, la pantalla de la televisión, que actúa a modo de ventana indiscreta en el visionado de una película pornográfica. Las casetas de playa ocultan la desnudez, son un recinto prohibido, un lugar íntimo que protege de la mirada del otro. En la instalación Casetas de playa se invierten estos términos: la caseta deja de ser un sitio en el que protegerse para transformarse en un lugar para observar sin ser visto. Tres mirillas apuntan al interior de la caseta, dentro mujeres desnudas. La caseta ofrece al voyeur-espectador la posibilidad de observar lo que ocurre al otro lado de la pared. Sólo que al asomar el ojo por la cerradura nos encontramos con imágenes de la Odalisca de Ingres, Diana y Acteón, de Jan Brueghel, Bad boy de Eric Fischl, Susana y los viejos, de Tintoretto... De este modo, el voyeurismo no sólo deviene en metáfora de la artificialidad de toda mirada y de todo lo mirado sino, sobre todo, de la relación del hombre con el arte.